sábado, 12 de agosto de 2017

No me gusta tu comida




La noche se evapora con el humo de mi último cigarrillo, a través de mi ventana se cuelan los primeros signos de claridad y ese olor tan característico que trae consigo la mañana. Desde esa tarde de noviembre en la que encontré la nota de mí, por entonces, pareja no he vuelto a conciliar el sueño durante más de tres horas seguidas.


En un principio ella era la que tenía dudas acerca de mi capacidad para entablar una relación larga, para garantizar esa confianza mutua que se establece entre dos personas que deciden compartirlo todo durante un período de tiempo prolongado. Según nuestra queridísima, y a la vez cotilla, compañera de escalera, pintábamos una estampa perfecta.

Sólo nos faltaba un niño para completar la familia feliz, y este llegó con patitas cortas, unas orejitas puntiagudas y un deseo inexplicable por devorar mis calcetines. El pequeño Rufián pasó directamente a situarse en el primer orden de prioridades para mi amada pareja, incluso le compraba una comida gourmet muy cara que devoraba una vez al día en su platito de diseño.

No lo querría tanto cuando me lo encasquetó en su espantada cobarde y totalmente premeditada. Encima de la mesa de la cocina estaba su teléfono móvil y una nota en la que me informaba detalladamente de todo lo acontecido durante los últimos meses: básicamente ha conocido a un hombre que ofrece estabilidad y seguridad, aunque para llevarlo a cabo se ha tenido que desplazar a otra ciudad y nuestro “pequeñito” (palabras textuales) no podía acompañarla en su nuevo destino.

Miro el reloj, las seis y media de la mañana y no me queda ni un cigarro en casa para paliar esta ansiedad que me ha traído el recuerdo inesperado del día “D”. Con suerte algún currante irá camino al trabajo y me podrá dar uno hasta que abra el estanco de la esquina.

Parece como si Rufián sintiera mis necesidades y asoma por la puerta de mi habitación con cara de empanado, después de superar la pérdida de su querida mami está siempre enfadado por la comida que le ofrezco. Es algo muy normal su falta de apetito, a nadie le gusta pasar de los mejores platos del mercado a comida de saldo, pero con la mierda de sueldo que tengo se tendrá que conformar con las ofertas del supermercado.

No tardé en encontrar a un currante con un café en la mano, un cigarro en la boca y demasiado sueño para decir que no a mi petición. Decidí aprovechar y llevar a Rufián al parque para que corriera un poco, lo dejé sin la correa y me senté en un banco a disfrutar de este pequeño placer cilíndrico.  La primera calada trajo consigo un placer tranquilo y sosegado, pude mantener la ansiedad a raya durante unos segundos para disfrutar del paisaje.

El cabrón de Rufián no tardó en salir disparado y empezó a restregarse en el césped, oler cada uno de los árboles y esperar agazapado a los amantes de los madrugones, el sudor y los cachivaches que ordenan su ejercicio diario.  No tardó en vislumbrar a un chico con mallas, camiseta ajustadísima y unos cascos gigantes,  en cuanto pasó por su cercanía Rufián salió disparado ladrando como un poseso para darle un susto tremendo.

Disculpe usted al perro, es un poco hiperactivo a estar horas pero no muerde ni nada. Comenté mientras me levantaba para recoger al diablillo.

No pasa nada, tengo uno parecido y son muy traviesos. Me respondió mientras volvía a su rutina de hombre moderno.

El cabrón de Rufián asaltó cual bandolero de Sierra Morena a unos cuantos corredores más, lo que me llevaba a pedir disculpas una y otra vez sin disfrutar del cigarro que tanto me había costa conseguir. Cada vez que me levantaba para dar una explicación el cabrón me miraba con una expresión que decía “Jódete”.  Este perro es demasiado listo.

Mi pequeño placer llegaba a su fin, sólo una calada más antes de volver a casa a sufrir los designios de un fin de semana en casa en soledad.  Rufián salió disparado, otra vez, pero esta vez empezó a mover el rabo y a dar saltitos ante una mujer madura. Tonto el perro no es, se había acercado a una morena, alta y con una figura torneada por los aparatos más punteros del gimnasio.

Vamos Rufián. Me acerqué para recoger al perro y evitar que molestara.

Muy bonito y simpático el perro.

Gracias. Contesté sonrojado.

Buenos días. Me dijo mientras volvía a trotar alejándose a través de la arboleda.

Este encuentro casual provocó que me animara a sacar al cabrón del perro todas las mañanas a estas horas intempestivas, me quedaba fumando un cigarro mientras asaltaba uno a uno a todos los corredores hasta que llegaba a su amiga. Todos los días era el mismo proceso, la veía en la lejanía y salía corriendo para que se agachara, le acariciara el cogote y le dirigiera unas palabras cariñosas.

Con el paso de los días pude entablar pequeñas conversaciones esporádicas y fulgurantes, lo que tardaba su reloj de pulsera en indicarle mediante pitidos instridentes que tenía que mantener un ritmo constante. María de los Ángeles era su nombre, aunque le gustaba que le llamaran María, por eso de abreviar.

Ni un día de la semana faltaba a su cita con el deporte, de lunes a domingo allí estaba con su rutina de mañana que posteriormente completaba con una visita al gimnasio después de trabajar en una oficina. Un viernes de otoño vi a Rufián salir disparado para saludar a su amiga, pero no pude levantarme al estar hablando por teléfono con mi queridísima ex pareja.

María se acercó con Rufián dando saltitos alrededor de ella, me miró y me acercó un papelito con un número de teléfono. Aparté el teléfono de la oreja para preguntarle acerca de eso y me comentó

Rufián me ha comentado que estás pasándolo mal por la separación, te dejo mi teléfono para quedar cuando lo necesites.

Sólo pude asentir con la cabeza mientras mi ex ladraba por el auricular del teléfono móvil, me había quedado estupefacto ante esta situación.  Su reloj empezó a pitar, me lanzó un beso y me indicó con la mano que la llamara después.  Escuché un sonido grave, mi ex había colgado cansada de gritarle al viento.

Al girar la cabeza encontré a Rufián sentado en el banco mirándome directamente a los ojos. Alargo la mano para acariciar su pequeña cabecita y darle las gracias, pero evita la mano y me sigue escrutando con su mirada.

Cómprame la puta comida gourmet, que eres muy rata.

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