miércoles, 11 de noviembre de 2020

¿Otra vez el mismo error?


Abro los ojos, no recuerdo que pasó anoche y el momento en el que llegué a la cama, esto tiene que ser por culpa de esa cerveza barata que venden en los chinos. Miro al frente y compruebo en el reloj despertador que todavía no son las 7 de la mañana, a mi lado una mujer respira de forma acompasada.  Me entretengo conectando sus lunares con mi índice, poco a poco bajo por su espalda desnuda hasta notarla estremecer.

Ahora no, vuelve a dormirte. Me dice dando un respingo

Sólo quería decirte que me voy a la playa, necesito nadar un rato.

¿Otra vez te ha dado el mono marino? Comenta sin mirarme.

Llevo un mes sin ir, necesito sentir el mar en mi piel.

Pues tira y déjame dormir. Se acomoda en su lado de la cama y levanta una mano para decirme que me vaya.

Salgo de la cama y acomodo las sábanas para que no se enfríe. Busco en el armario el bañador, una toalla y salgo de puntillas para no volver a despertar a mi mujer. Bueno hablar de mujer es algo arriesgado, llevamos viéndonos casi doce años y sólo viviendo juntos los últimos cuatro. Coincidimos una vez en el ascensor al mudarme, y desde ese día empezamos a compartir nuestra soledad. Ella todavía mantiene su hogar en el cuarto piso, pero cada vez pasa más tiempo en mi cueva del segundo. 

Cojo el monedero, una pequeña mochila con ropa y busco en el aparador las llaves de casa de mis difuntos padres. Una horita en autobús y el olor a salitre tranquiliza mis sentidos, cada vez que vislumbro las calles de esta pequeña localidad costera vienen a mi mente diferentes recuerdos olvidados; una clase en la escuela, una tienda desaparecida o una tarde de fútbol en la playa.

Dejar a un lado las zapatillas y entrar a la arena es una experiencia única, al ser las siete de la mañana de un septiembre todavía caluroso los pies agradecen el fresquito. El sonido de las olas y el olor a esas algas que se amontonan en la costa es suficiente para que me apetezca entrar al agua. Todavía no hay gente por estos lares, así que lo voy a disfrutar todavía más.

La llegada de la primera ola, el sentir del agua cristalina entre mis dedos y esa sensación de paz de aquellos que nacimos pegados al inmenso mar me devuelve a mi estado original. No tardo en atarme el pelo, ajustarme el reloj y zambullirme completamente para empezar a dar brazadas. Una pena no haber pasado por casa de mis padres para recoger las gafas de buceo, hoy el agua está especialmente cristalina y apetecible para llegar hasta el congelado fondo marino.

Poco a poco me adentro en las profundidades marinas, el color se torna más oscuro y mi piel desnuda siente el frío del océano. Detengo unos instantes el ejercicio y miro hacia la orilla, algunos pasean a sus perros cerca de mis cosas y se quedan mirando al loco que nada en solitario. Decido dejar de adentrarme y nado paralelo a la costa un par de viajes de ida y vuelta, para ello tomo de referencia mi mochila y el chiringuito que pone fin a esta preciosa playa. 

No pienso, sólo nado y disfruto del agua sobre mi cuerpo. Es una delicia disponer del mar para uno mismo durante unos minutos. El verano trae consigo a todos esos insectos que se arremolinan alrededor de una nevera fresquita e interrumpen el sosiego marino. Por tener sus genitales frescos durante un par de semanas destrozan todo aquello que les rodea, y encima se creen que nos hacen un favor.

Después del tercer viaje al chiringuito empiezo a notar gente arremolinándose en la orilla de la playa, empieza la guerra de las sombrillas. Es el momento de terminar el ejercicio de hoy, echarle un ojo a la casa de los viejos y volver para la hora de la comida. No quiero que mi mujer se enfade por mis dilatadas ausencias.

Un gran mújol me acompaña en este último esfuerzo, parece como si se quisiera despedir de mi compañía o la costumbre de ver al ser humano le hace creer que le voy a dar algo de comida. La cuestión es que nos echamos una carrera hasta mi mochila. Al llegar al punto indicado se aleja hacia la orilla en busca de aquellos que sí le han traído alimento, juraría que se ha ido con cara de mosqueado.

Salgo del agua con dirección a mi mochila, disfruto del sol de la mañana secando esas pequeñas gotas rebeldes que se resisten a abandonar mi cuerpo. Siempre he odiado secarme con una toalla, lo mejor es dejar que el astro rey haga su función y te regale un chute de vitamina D por el camino.

Una pelota de plástico, de esas que regalan en la heladería de enfrente, llega hasta mí por culpa de una ráfaga de viento. Consigo cogerla en el último instante y busco el origen de este pequeño proyectil ligero. Una mujer de unos treinta años corre sujetándose las gafas en la cabeza, ni siquiera le ha dado tiempo a terminar de quitarse el pareo que le entorpece cada paso que da. Le señalo desde la lejanía que se tranquilice, no se vaya a dar una hostia contra el suelo.

Llega sin resuello y cojeando, tiene pinta que una de esas piedras traicioneras ha dado cuenta de sus preciosos pies. Se agacha para coger algo de aire y señala con la mano hacia atrás para que una niña pequeña de unos tres años se quede dónde está.

Muchas gracias, creía que no la cogía y me costaría una rabieta de la niña. Comenta mirando al suelo y tras varias bocanadas de aire.

No pasa nada, la he visto de repente y la reacción ha sido cogerla. Tenga usted. Le ofrezco la pelota.

Coge las gafas de la cabeza para ocultar sus ojos, levanta esas esmeraldas que tanto me gustaban en su juventud y se queda con la boca abierta. 

No me jodas. Es lo único que le sale de esa preciosa boca color caramelo que tanto acaricié en su día.

Sí te jodo, y me debes un café por el salvamento de la pelota. Le digo con una media sonrisa de circunstancias.

Me mira fijamente a los ojos, parece que está pensando en una respuesta coherente y que no la haga quedar mal ante los curiosos de la playa. Sus pechos parece que han madurado con la edad, y esa niña además de agrandárselos le ha pegado un tironcito hacia abajo. Sigue siendo esa menudita resultona que tanto nos gustaba en el grupo de verano, lo que sí ha decidido abandonar es la melena castaña que le llegaba hasta mitad de la espalda que se ataba en dos trenzas de quinceañera.

Había pensado en darte una hostia, pero quedaría muy feo delante de mi niña. Cómo habrás comprobado no para de mirar hacia aquí. 

Me he dado cuenta, pero no hace falta que te enojes. Comento mientras le entrego la pelota. Me agacho para coger una camiseta de la mochila y echarle un ojo a los mensajes de texto del móvil. Ninguno.

Siempre tan simpático. Responde al coger la pelota.

Aquello pasó hace mucho tiempo, no me guardes tanto rencor. Además, gracias a que lo dejamos conociste a ese joven tan apañado que, por lo que veo, te ha dado una preciosa niña.

Lo único bueno que me ha dado ese borracho. Te odio más porque después de dejarme lo conocí a él. Se da la vuelta y se marcha lentamente.

¿Ese café? Alzo la voz para que me escuchara bien.

Su respuesta fue levantar el dedo corazón y reírse a carcajadas. Me quedé mirando fijamente ese andar hipnótico que la edad no ha conseguido erosionar. Siempre me dijeron que nuestra ruptura fue culpa de la inexperiencia o de esa juventud que empuja sin cesar. Recojo mis cosas y pondo dirección a la parada de autobús, no me apetece echar un ojo a casa de los padres y siempre puedo pedírselo a mi hermano que vive a dos calles.

Me subo al autobús, por una vez llega puntual y no tengo que esperar más de diez minutos, y saco mis auriculares inalámbricos. La verdad, siempre envidié a todos aquellos que pueden leer en el autobús, yo siempre me mareo nada más poner el primer pie en el escalón. Nada más salir del pueblo recibo un mensaje de texto: “Te acepto el café esta tarde y hablamos de lo que pasó, estoy pensando en dejar a mi marido. ¿No te gustaría volver a ser fiel otra vez?” 

Sonrío, abro la aplicación de mensajería y escribo a mi mujer para decirle que llegaré mañana a  al romperse una tubería de casa de mis padres. Aprieto el botón de parada voluntaria y me bajo en el pueblo de al lado, ya sólo queda andar siete kilómetros en chanclas y acudir a mi cita. 

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