jueves, 2 de julio de 2015

Relato Corto: Vamos a estudiar



El piar de los pájaros me anuncia que el amanecer está muy próximo, no tengo un reloj cerca y no sé qué hora exacta será, lo que si tengo seguro es que todavía no son las siete de la mañana. Esa hora es la que he pedido a mi abuela para que me levante a repasar la lección, lo que no sabe es que el nerviosismo del inminente examen no me ha dejado dormir y llevo una hora repasando en la oscuridad de la noche.


Veo por debajo de la puerta que la luz de la cocina se acaba de encender; en la madrugada los pasos de las zapatillas de casa de mi abuela parecen los peores truenos de la última gota fría. La puerta se abre y mi abuela se acerca lentamente hasta mí para decirme que es la hora de levantarme, el reloj marca las siete. Me hago el dormido y le digo que muchas gracias, que ahora iré a tomarme el vaso de leche, enciendo la luz y leo de nuevo el libro de la escuela.
 
No tardo demasiado en comprobar que la lección está en mi cabeza perfectamente detallada, hasta las comas me sé. Escucho a mi padre ir al baño y a mi madre preguntarle a mi abuela si me había despertado, todo en orden un martes por la mañana de enero. A las ocho de la mañana mi abuela vuelve a entrar en mi habitación y me trae una camiseta interior recién planchada; caliente para que no pase frío al levantarme de la cama, me visto y salgo al calor de la cocina.
 
Esto es lo más parecido a un desayuno en familia que he tenido durante los últimos años: mi abuela planchando en un lado de la mesa de la cocina, mi padre tomándose el café con prisas y mi madre con su leche con Nescafé. No tarda mi madre en darme un beso en la frente e ir al cuarto de mi hermano a darle otro, de nuevo mi padre le mete prisa si quiere que le acerque al pueblo de al lado a trabajar.
 
La abuela de nuevo cuidará de nosotros durante todo el día. Termino de desayunar y repaso la mochila de clase, todo en orden. Un sonido brusco indica que están tocando a la puerta de casa, aparece mi vecina, que tiene dos años más que yo, para acompañarme a la escuela. Mi abuela me da un beso y me mete en la cartera el bocadillo para el recreo. Le pregunto cuándo podré desayunar un bollycao o una bolsa de patatas como mis amigos, su respuesta es contundente: Eso no es comida para un niño.
 
Mi vecina se queja de lo difícil que son los exámenes en su curso y me dice que ya llegaré a su edad y sufriré en mis carnes al maestro de matemáticas más estirado y rancio que hay en todo el país. Abro los ojos como platos y asiento con la cabeza; lleva toda la vida diciéndome eso y cada vez me cuesta menos aprobar.
 
Nada más cruzar la puerta del colegio me separo de mi vecina y me acerco hasta los compañeros de clase. Todos están muy nerviosos porque no han estudiado para la lección de hoy, anoche en la tele daban uno de esos programas para mayores y todos tenían que verlo si no querían quedarse fuera de los corrillos del patio. Al preguntarme si lo había visto tuve que contestar que no, así que quedo excluido de la conversación y me marcho a las escaleras de entrada a clase.
 
Una fila nada más, chillaba el maestro, no me hagáis quedar mal delante de todo el colegio. Todas las clases estaban ordenadas en filas bien formadas, suena la sirena y todos para adentro a comenzar la joranda. A mi clase todavía le quedaba un ritual, antes de bajar la silla de la mesa hay que rezar un padre nuestro para que todo nos vaya bien, todos menos Gutiérrez que es protestante y sus padres comen perros para cenar.
 
A primera hora toca lengua, ninguno de mis compañeros presta mucho atención al maestro por el nerviosismo del examen posterior, otros se ganan un buen capón cuando el maestro los pilla estudiando en plena clase. Después de lengua el maestro se va con una sonrisa y nos dice que tras el recreo nos veremos las caras; la clase de Religión pasa demasiado deprisa para todos. El timbre anuncia el tan ansiado recreo.
 
El recreo llega como tabla de salvación para los más rezagados, un momento no muy adecuado para ultimar los últimos detalles de la lección. Yo prefiero mirar como los más valientes se juegan sus peonzas y sus canicas en el patio del colegio. El tiempo pasa volando cuando estás disfrutando de una buena partida de canicas y el timbre anuncia el momento más importante del día, el examen.
 
Después de formar en fila para subir a clase, todo el mundo tiene el libro encima de la mesa y apura los últimos detalles. El maestro ordena que todas nuestras cosas abandonen las mesas y coge el temible cuaderno de notas. Primero pide voluntarios para salir y no dudo en presentarme, siempre me ha gustado ser el primero y no tener que esperar a que me llegue el turno. No tardo en responder las preguntas y el maestro me felicita, eso último provoca un runrún en toda la clase que me acusa de pelota.
 
Tras mi intervención el maestro empieza a pasar lista y a preguntar uno a uno a todos mis compañeros, algunos consiguen superar la prueba y respiran aliviados, otros no consiguen cumplir con las expectativas y terminan la clase con las palmas calientes. El timbre que anuncia la comida salva a varios de mis compañeros que salen disparados con una sonrisa de alivio, hoy se han librado pero mañana serán los primeros en responder.
 
A la puerta del colegio me espera mi vecina que me chilla para que me de prisa, quiere irse al parque de al lado de su casa para hablar con sus amigas. Le hago caso e intento aguantar el ritmo de una persona dos años mayor que yo y treinta centímetros más alta, llego a casa exhausto y encuentro a mi abuela metida en la cocina. Me pregunta que si me he sabido la lección y le contesto afirmativamente, me felicita y me señala la mesa de la comida. Hoy es martes, así que toca lentejas para comer; esto es como el refrán “lentejas, si quieres las comes y si no te las comen también”, por lo menos ese es el refrán que tiene mi abuela.
 
Los martes no tenemos turno de tarde en la escuela, así que me siento en la mesa del comedor y hago las tareas para mañana. Frente a mí está mi abuela sentada en su mecedora enfrascada en sus labores, mientras que vigila a mi hermano de dos años por otra una parte y ve la novela de gente que habla rara por otra: es impresionante que una persona con los pelos blancos, delantal y esas zapatillas tan feas pueda hacer tantas cosas a la vez.
 
Cuando empiezan las películas raras de la tele quiere decir que es la hora de que Papá venga a casa. No tarda en aparecer su coche en la calle, se baja y me llama para que me suba con él para recoger a Mamá, así aprovecho y veo a mis otros abuelos, que están en el pueblo de al lado. Me encanta viajar en el asiento de delante con mi padre, es muy emocionante ver como aprieta todos esos pedales y gira el volante para llevar el coche hasta dónde quiere.
 
Al llegar a casa de mis otros abuelos todo el mundo quiere darme besos y me preguntan si tengo novia. Soporto todas estas preguntas mientras repaso de cabeza la lección de naturales para mañana, seguro que nos pregunta por sorpresa y no quiero que me pongan un cero, que luego Papá se enfada mucho. Nos despedimos y ayudo a mi madre a subir todas sus bolsas al coche, ahora me toca viajar atrás que no es tan divertido pero me permite imaginar lo chulo que sería tener mi propio coche.
 
Nada más volver a casa mi madre hace muchas preguntas a mi abuela sobre mi hermano y sobre mí. Yo me voy a mi habitación a leer un cómic que mi primo me ha dejado sólo hasta el fin de semana. 
Llega la hora de la cena y mi abuela me ha preparado un bocadillo de tortilla de jamón york con ajo. Cuando terminan las noticias mi padre me dice que es la hora de dormir y me manda a la habitación, me lavo los dientes, estudio un poco más de naturales y me pongo el pijama rumbo al país de los sueños.

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